Historias de Manolo el Peste:
De lunes y sintiéndose de lunes, atendió el teléfono sin ver quien era. En seguida reconoció la voz de Pedro, antiguo compañero de colegio, al que a días quería y a días quería matar y tras oírle decir…¿Que tal Peste jaja? decidió que ese día quería lo segundo. Odiaba ese apodo mas que a nada en el mundo y aunque gracias a Dios, solo lo sabían dichos compañeros, de vez en cuando y mas por joderlo que otra cosa, se lo recordaban. Regordito, aunque el decía que fuerte y listo, que nunca lo negó, eran los componentes perfectos para las bromas pesadas, de las que recibió bastantes, pero se manejaba tan bien el tirachinas y a base se hacer los deberes de mates para otros, se hizo con un buen grupo de amigos.
El fatídico día, estando en la cola de entrada a clase y tras un retortijón que le puso la piel de gallina, sintió liquido calentito corriendo por su pierna y para cuando se dio cuenta de que dicho líquido era mierda, el resto de compañeros, apartándose de el gritaban….que peste, que peste y con ese nombre se quedó. Mas de cuarenta años después, aun había algún cabronazo que se lo recordaba, aunque el jamás lo olvidó y lo que si le acompaño en todos esos años fue un cerebro particularmente fuerte y unas tripas particularmente débiles.
Dejando a un lado el terrible recuerdo y tras un día de aguantar clientes especialmente pesados, cerro la gestoría y volvió a casa. De carácter bondadoso y con la que estaba cayendo, le era difícil desconectar de los dramas ajenos, que eran muchos y muy gordos y raro era el día que al acabar el curro, no estuviese de bajón.
Ya de camino, sintió una presión incómoda en el estomago y siendo de naturaleza hipocondriaca, pensó en varias opciones. Tras pasar por su cabeza, las palabras cáncer de estómago, ulcera de duodeno que aunque no sabía lo que era, le sonaba doloroso y colon irritado , por lo irritado que le puso, casi entra en pánico y tras un primer sudor frío, decidió pensar que solo era un enorme pedo atravesado y con miedo a soltarlo y que viniese con compañía decidió esperar.
Llegó y directo al baño y tras haber expulsado truenos y lluvia de huracán fuerza 5 y ahora ya, mas ligero de cuerpo y sin dolor, decidió también aligerar la mente con lingotazo de whisky y porro de palmo. Al rato y ya debajo de una ducha de agua caliente, sintió que por fin podía relajar y como el sabía, que la mayoría de las ideas que mas le divertían surgían en momentos como ese, se dejó llevar por una que le rondaba la cabeza.
Esa tarde y tras haber visto en un whatss la noticia: Nuevo efecto secundario del Covid: Erecciones de hasta tres horas, de entrada le parecieron deseables, luego pensó que sería doloroso y ahora bajo el chorro calentito de la ducha, le volvió el deseables otra vez. Aunque a su edad y con una vida que nunca miró por la salud, podía dar gracias al de arriba, que aun la pistola tirase alguna bala, lo de tres horas con el cipote en alto, le llegó al alma.
Se vio, al igual que actor porno bien pagado, recorriendo todo el catálogo de posturas y tras una hora de no parar, aun le daba tiempo de comer bocata de lomo, media hora de siesta y retomar la faena de seguir zumbando otra hora mas. Separado hacía dos años y de novia a gayola, tiempo atrás había tirado de tinder y otros lares sin mucho éxito y se daba el caso, al igual que a la mayoría de sus amigos, que conforme pasaban los años, cada vez pensaba mas en sexo, pero lo practicaba menos y ahora que no lo practicaba nada, solo pensaba en sexo.
Sin mas credo, que el vivir sin joder a nadie y agnóstico desde que pudo elegir, no pudo evitar pensar en los curas y monjas y en su incomprensible celibato y siendo que no podían descargar veneno reparador sobre el cuerpo de otro, se imagino y teniéndose el de ejemplo, la cantidad de tiempo que dedicarían a luchar contra el mono que todos tenemos dentro y decidió, que era a tiempo completo.
Con una barriga mas que prominente, que cada vez tapaba mas las partes bajas, pensó con pena, que de aquí a poco y a este ritmo, en nada se quedaba en nada. Ya un poco de bajón, le vinieron al coco las imágenes terribles de la respiración artificial, los sarpullidos, las trombosis, el cansancio permanente, el Alzheimer precoz y lo peor de todo, la fatídica perdida de cabello, que de todos los terribles efectos secundarios, era lo que mas miedo le daba. Viéndose también, gritando de dolor, de un nabo a punto de explotar y sin novia ni nadie a quien recurrir, la idea fue perdiendo garra y tras un golpe de agua fría que redujo su hombría, prefirió dar carpetazo y olvidarse del Covid y sus efectos secundarios. Ya con pijama puesto, estómago lleno y tras hacer un zapping en el que no encontró nada que le distrajera, tiró de clásico y parando búsqueda en su pagina porno preferida y volviéndole a la cabeza la trempada de tres horas y con llamada a gayola y en menos de media hora, durmiendo estaba.
