Recuerdos de hamaca y otros gustos.

Hola colega:

Al igual que ese año y muchos otros después, el volver a España me sentaba muy  bien, para averiguar lo bien que me sentaba no estar.  Aunque siempre eché muchas risas y los líos en los que me metía tenían su morbo, conseguía a base de fiesta, lo que  ayuno  de seis meses y en tan solo seis semanas, la piel se me pegaba al hueso. Cuando el tema pasaba a ser complicado, empezaba a soñar con escaparme, pero acababa complicándose tanto, que poder escapar se hacía lo mas complicado. Viviendo en el lío y del lío, conseguir juntar el dinero suficiente para salir por patas, era una acrobacia de tal nivel, que ni en el circo del sol en su mejor momento. 

Ese año fue  duro, aunque pensándolo bien, ni mas ni menos que los demás y cuando ya creía que Valencia me tenía preso o que acabaría preso en Valencia, tuve la increíble suerte, de ser seleccionado junto con unos amigos, para un concurso de televisión, de cuyo nombre ni puedo ni quiero acordarme.   Tres parejas, habían pruebas y preguntas y de lo que jamás me olvidaré, es que me  quedé en calzoncillos con un cinturón de castidad puesto, que me lanzaron pasteles a la cara y que gané la suficiente pasta, para empezar a cumplir mi sueño.  

Mi querida amiga Norma fue la encargada de estamparme dichos pasteles  y siendo mujer de gran puntería y otras muchas cualidades mas, convencí sin mucho esfuerzo, compartir con un menda la búsqueda del paraíso. 

Esos periodos, cortos pero demasiado largos, darían para escribir una enciclopedia de 10 tomos, pero haciendo un Alzheimer voluntario, mas por decoro que vergüenza, los aparco a un lado y  teniendo la pasta para irnos y el pasaje comprado, decido el pueblo donde dejar huella. 

La primera regla que me impuse en la selección del susodicho y en muchos después, era bien simple:  un mínimo de 30 kilómetros de carretera de tierra para llegar. Si el asfalto llegaba a pié de pista,  el Robinson que había en mi rechazaba la idea y tras escuchar durante todo el año anterior a grandes viajeros que buscaban lo mismo que yo, decidí que Cumuruxativa, en el sur de Bahía,  era el lugar donde mas tarde se me recordaría. 

Tras quince horas de un vuelo, con mas humo que un after  y otras 14 horas de autobús del tirón , nos recibe un cartel que traducido dice: Cumuruxativa, donde el tiempo no tiene prisa y la pereza es mas gustosa. Para un tio como yo, que pensaba que la mejor manera de ganar tiempo era perderlo en una hamaca, la frase me llegó al alma y ahí continua. Si os digo que es uno de los lugares mas bonitos del mundo me quedo corto y por un momento, llegue a pensar que estando tan aislado y proclamando paz con carteles, por fin podría dejar el desmadre a un lado y purificar cuerpo y alma. 

No recuerdo mi primer paseo, al igual que la mayoría de mis primeras experiencias, pero si recuerdo, que al poco de llegar, ya conocía tan bien el amanecer como el atardecer y corroboré lo que siempre supe, que el que busca lío lo encuentra y que Dios los cría y ellos se juntan. 

Ayudaron en dicho empeño, matrimonio dueño de  palapa en la playa, el, de un negro azulado y noventa kilos de puro músculo y ella de 150 kilos y de un blanco transparente, amantes de las fiestas blancas y del desayuno con langosta. Si de día la tranquilidad imperaba, de noche y tras cuatro de palmo y con lomera, el sacaba nervio y ella celos, combinación fatal que solía acabar en agresividad  y llegamos a presenciar tal violencia, que a día de hoy y después de treinta años, aun se me revuelve el estómago al recordarlo. 

Como anécdota y para equilibrar la balanza, hice amistad con la dueña del restaurante  mas apañado del pueblo y contaros que  unos años después, coincidí con ella en Pipa, lugar que merece capítulo aparte y tras el alegrón inicial, me contó que andaba huyendo de la justicia y que en una noche de desmadre y en una perdida de papeles con su novio, le metió tiro en sus partes y salió por patas, dejando negocio y familia. A mi, lo del tiro me encogió las bolas y pensé a que nivel de locura llegó dicha pareja que en su día y cuando los conocí eran tan relajados, que parecía que iban a cámara lenta y en la cantidad de excitante neuronal que debieron de usar, para llegar a tal situación.

Por desgracia y aunque jamás lo vivi en carne propia, presencié altercados y peleas y aunque en el cómputo de los años, el porcentaje fue pequeño, nunca dejó de sorprenderme la manía de algunas personas de usar las manos en vez del cerebro. También os diré que ese año, el ir con mi amiga Norma, redujo mis ímpetus de destrucción y me permitió equilibrar una balanza en la que el desequilibrio siempre fue la norma a seguir. Disfrutamos de un entorno increíble, con particularidades que hacen de este rincón, un lugar único en el mundo. Su arena monozítica, con una radioactividad terapéutica que lejos de asustar, realizaba milagros de los que fui testigo y un mar que servía de autopista a las ballenas jorobadas y que en determinada época del año hacía arriesgado un paseo en barca. A pocos kilómetros, la reserva de los Pataxos, nombre que les viene al pelo, ya  que de tanto andar descalzos por la arena de la playa, poseían unas patas y unos pies que ni raqueta de Pádel. De Cumuruxativa el amanecer mas bonito que recuerdo, las hogueras en la playa con la samba incluida y una comunidad bien variopinta y de sonrisa permanente, que de noche, con unas caipirinhas  y algo mas,  nunca me hicieron echar en falta las fiestas de ciudad a las que sabía que inevitablemente, tarde o temprano volvería. 

2 comentarios sobre “Recuerdos de hamaca y otros gustos.

  1. Paco, ya me habías contado alguna que otra anécdota de ese viaje, pero, lo que desconocía es, el patrocinio de éste, cinturón de castidad y pasteles incluidos…. Ja ja ja ja ja ja ja.

    1. jajaja ¡Me encanta contar anécdotas, ya lo sabes! Espero que te hayas echado unas risas con el post. Sígueme en Facebook y así antes de subir cada post lo sabrás por allí. ¡Y comparte siempre que te guste un post! ¡Y gracias por leerme! 🙂

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