De India mi mujer.

Hola colega!

Quitando un viaje a Filipinas del que ya os hablaré, en los últimos 17 años India ha sido el lugar de mis viajes. La culpable de sacarme de Sudamérica con su samba, su salsa, su cachaza y su magnífico dopaje, y llevarme a Frikki Landia (que es como llamo a India de manera cariñosa) fue mi mujer y lo sigue siendo.

En realidad no era la primera vez que visitaba este país. A los 20 años o sea hace un siglo aproximadamente, un colega y yo montamos un negocio de importación de antigüedades y tuvimos que ir a hacer los contactos.

La India de hace 33 años estaba en un planeta distinto a la de ahora. Había muy poco turismo, pero el que había era de melena y barba él, y ella casi también. Normalmente primero se dejaban caer por el norte y sus montañas, donde se aprovisionaban bien del producto local, el charas, uno de los mejores hachís del mundo, y ya más relajados se iban hacia el sur, a la playa, y principalmente a Goa, a buscar la paz y el amor. Como la mayoría le tenían alergia al trabajo, se buscaban la vida haciendo poco y fumando mucho, sabiendo que nada combina mejor en la vida del vago que el mar, la hamaca y el humo… de lo cuál doy fe. Goa se convirtió en mi segunda casa pero como necesita más de un capítulo, dejaré los detalles para luego. 

Lo primero que recuerdo de India fue la ostia de los 40 grados y el 90% de humedad. Era también mi primer trópico y caí justo en el más radical. Hablamos de New Delhi en el mes de septiembre, con lluvias y una atmósfera tan densa que se podía cortar. Ahora cuando llegas a destino el avión y la terminal enlazan por el puente móvil y no notas el cambio de temperatura hasta que sales del aeropuerto, ¡pero en esa época ni puente ni ná!. Después de 10 horas de frío y 20% de humedad, medio paquete de cigarros (en esa época se podía fumar), y cuatro lingotazos de whisky para relajar y deshidratarme aún más os juro que el choque al salir hizo que se me doblasen las piernas.

Lo siguiente que nunca olvidaré, es que tras mucho insistir un comerciante amigo en que probásemos la delicatessen local, que consistía en unas bolas de pasta que se rellenaban con 3 o 4 líquidos de colores que un tío sin piernas vendía en un carrito ambulante, yo pasé 15 días cagando 15 veces al día y mi colega 15 días sin cagar. Para completar la escena, coincidimos con unos hippies que en un arrebato de generosidad nos regalaron un pedazo enorme de charas (hachís artesanal local y uno de los mejores del mundo). En realidad, y como descubrimos más tarde, lo que estaban era hartos de un veneno tan fuerte que ni ellos podían fumar. Nunca había probado nada igual y nunca lo he vuelto a probar, y os juro que llevo medalla olímpica en probar venenos, la sensación de fumarte uno y darte un paseo por una calle del Delhi de aquella época sigo sintiéndola como si fuese ahora

Dicho esto, pensaréis que fue un viaje cuanto menos raro, pero la verdad es que esa increíble confusión de millones de personas, con todo ese colorido   que caracteriza a India, el carácter de su gente, amable y servicial y todos esos contrastes radicales que solo vas a vivir ahí, me dejaron huella.

Para ser sincero, tampoco pensaba volver, ya que siendo tan joven y con ganas de fiesta Sudamérica daba más juego, pero el amor, y no se me ocurre mejor motivo, me llevaron de vuelta a una India muy distinta pero igual. 

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